La naturalidad de un niño resulta impresionante. Los pequeños sueltan sin medida todo cuanto sucede o pasa por su mente, hasta el punto de llegar a sacar los colores a cualquiera, siempre cuando menos te lo esperas.
Hoy, sin ir más lejos, ha tenido lugar uno de esos momentos. Fue al subir en el ascensor. Íbamos Pepe, el pequeñajo, su primo de cuatro años, una abuela con su nieto de unos dos años, su perro y yo. Estábamos al completo. Apenas eran tres pisos de travesía, pero hubo tiempo suficiente para que mi sobrino comenzara a preguntar a la buena mujer:
– ¿Dónde va? -preguntó con curiosidad.
– Al quinto.
– ¿Y le ha dado ya?-replicó mi sobrino, al tiempo que trataba de erguirse al máximo, balanceándose sobre sus extremidades inferiores para comprobar si efectivamente la luz de otro piso estaba iluminada.
– Si -respondió la buena mujer.
– ¡Ah! Es que no veo.
Hasta ahí bien. Hasta que de repente se le ensanchó la sonrisa, mostrando su dentadura por completo. Hecho inequívoco de que alguna idea se cocía por su cabeza, pero no supimos en ese instante descifrarlo. No obstante, él pronto nos sacó de dudas al soltar:
– Uy, ¡Qué a gustito me he quedado!
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