Chivatazos

La naturalidad de un niño resulta impresionante. Los pequeños sueltan sin medida todo cuanto sucede o pasa por su mente, hasta el punto de llegar a sacar los colores a cualquiera, siempre cuando menos te lo esperas.

Hoy, sin ir más lejos, ha tenido lugar uno de esos momentos. Fue al subir en el ascensor. Íbamos Pepe, el pequeñajo, su primo de cuatro años, una abuela con su nieto de unos dos años, su perro y yo. Estábamos al completo. Apenas eran tres pisos de travesía, pero hubo tiempo suficiente para que mi sobrino comenzara a preguntar a la buena mujer:

– ¿Dónde va? -preguntó con curiosidad.

– Al quinto.

– ¿Y le ha dado ya?-replicó mi sobrino, al tiempo que trataba de erguirse al máximo, balanceándose sobre sus extremidades inferiores para comprobar si efectivamente la luz de otro piso estaba iluminada.

– Si -respondió la buena mujer.

– ¡Ah! Es que no veo.

Hasta ahí bien. Hasta que de repente se le ensanchó la sonrisa, mostrando su dentadura por completo. Hecho inequívoco de que alguna idea se cocía por su cabeza, pero no supimos en ese instante descifrarlo. No obstante, él pronto nos sacó de dudas al soltar:

– Uy, ¡Qué a gustito me he quedado!

Y como no era suficiente para que todos entendiéramos el por qué, prosiguió:

– Me he tirado un pedete.

¡¿Qué os voy a contar?! Todos nos echamos a reír, en parte aliviados porque no olía.

Lo cierto es que los niños son capaces de cambiar el estado de ánimo de los mayores sin pretenderlo. En las ocasiones más insospechadas, sueltan cuanto se les cruza por la cabeza sin ningún tipo de recato. Todavía no disponen de un tamiz que pueda filtrar cuantas ideas fluyen por su mente. La anécdota de esta mañana me ha recordado la acontecida hace algunos meses con mi hijo, cuando tenía poco más de año y medio.

Aquel día salimos a pasear mi pequeño y yo con otro familiar, que había venido a visitarnos, cuando éste último ventiló ostentosamente o, dicho de otro modo, se tiró un cusco que sonó a trompeta desafinada. La confianza da asco. Mi pequeño pajarito se paró en seco, muy serio, señalando con su dedo acusador el trasero indiscreto de este familiar, y quedándose muy quieto, hecho harto difícil en él,  dijo con solemnidad:

– Caca

Nos encontrábamos paseando por el campo y las posibilidades de encontrarnos a alguien alrededor eran escasas, si bien, dejó claro que sin tener los dos años, pero sabía bien por dónde van los “tiros“.

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Archivado bajo Anécdotas divertidas, Humor

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