Me encuentro solo. Sentado en la fría y vacía sala de hospital. Entre las blancas paredes, se distingue un reloj de aluminio que me acompaña marcando las horas con incesante tesón. La aguja palpita en cada segundo con un leve y perceptible sonido que revoluciona mi pulso, ya de por sí agitado.
¿Cuánto hace que entró?
He perdido la noción del tiempo. Podrían ser horas.
¡Qué larga es la espera cuando influye el corazón!



