El detector de metales

Hace poco más de un mes mi hijo estaba jugando en el parque infantil cuando de repente llegó corriendo hasta donde nos encontrábamos con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¡He encontrado una moneda! -dijo pletórico-.

Cuando nos la enseñó nos quedamos sorprendidos al comprobar que, rebuscando entre las piedras del parque, había encontrado un euro. Pero más al comprobar las siguientes palabras:

– Os dejo que voy a ganar dinero -dijo y salió a la carrera a seguir rebuscando.

Quizá sea cuestión de suerte, pero mi hijo parece un detector de metales. Como siga a este paso hallará su vocación como arqueólogo. Sí, lo sé. No es tan fácil, pero Luisete tiene un don especial.

Ayer estuvimos por la mañana en otro parque más cercano a casa y, a pesar del buen tiempo, no había nadie más. Luisete se puso a excavar en la tierra durante un rato.

-¿Qué haces cariño?
– Estoy buscando un tesoro.

Le dejé rebuscar durante un rato y, transcurrido un tiempo, me pareció divertido sacar una moneda y tirársela en el hoyo para que encontrase su tesoro. De modo que me acerqué con ella escondida en una mano y cuando estaba cerca le distraje.

– ¿Qué es eso? -pregunté señalando a lo lejos, unos metros por delante.

Él siguió mi mano con la mirada y aproveché para deslizar la moneda entre mis manos hasta el agujero. No hizo el menor ruido. Era tan solo un céntimo. No voy a negar que escogí la moneda de menor valor que tenía, para que no me doliera lo más mínimo desprenderme de ella, porque estaba segura de que la iba a perder.
Cuando Luisete volvió a mirar se puso super contento.

-¡Mamá!, mira -gritó, dando un salto hacia mí lleno de alegría-.
-¡Qué suerte! -dije disimulando contagiada con su entusiasmo-.

A partir de ahí comenzó una búsqueda más ardua que sólo se frenaba con la aparición fugaz de algún amigo que pasaba de camino al pueblo.
Al poco nos quedamos nuevamente solos y Luisete se encaramó a uno de los columpios.

– Mira lo que voy a hacer, mamá -dijo lanzando la moneda.
– La vas a perder -le advertí-.
– Que no, ya verás.

Haciendo caso omiso a mi advertencia, lanzó la moneda y luego fue hasta el lugar donde había caído y comenzó a revolver. Al principio con seguridad y poco a poco fue perdiendo toda esperanza y rebuscaba con más vacilación al tiempo que se le iba demudando el rostro. Me acerqué para ayudar a encontrarla. Pero al cabo de unos minutos claudiqué.

– Bueno -le dije-, así aprenderás para la próxima vez.
– Noo, mamá -dijo compungido.

Y entonces, movió sus deditos sobre la arena y ¡Sorpresa!

– La he encontrado mamá -anunció recuperando la alegría-. Mira he hecho magia.
Efectivamente, había hecho magia. Entre sus manos había una moneda. Pero no de un céntimo, sino de veinte.

– Pues sí que has hecho magia, sí -dije divertida y completamente sorprendida-.

Mi hijo es un pequeño detector de metales. Esa misma tarde fue al campo de fútbol y volvió con otra moneda de veinte céntimos.

No me acaba de seducir la idea de que encuentre dinero tan fácilmente pues a este paso va a tener la creencia errónea de que el dinero crece de la tierra. De hecho, esta mañana nada más levantarse me dijo:

– Mamá, ¿quieres que traiga una moneda del colegio?

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Archivado bajo Anécdotas divertidas, Diario de a bordo, Humor

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