La culpa es de la ola de calor

El calor sofocante nos afecta en exceso, desestabilizando nuestro sistema nervioso central. Estamos más nerviosos, cansados e irritables. Nuestro cuerpo se calienta, pudiendo aparecer los dolores de cabeza, vahídos y hasta la visión borrosa. El aumentando de la temperatura corporal puede inducir al calentamiento de nuestras palabras y nuestros actos.

Toda esta introducción es la forma que tengo para explicar la anécdota que presencié hace tres días en la puerta del supermercado del centro comercial. Uno de esos lugares en los que se está a salvo del calor propio de  estas fechas.

Me encontraba a punto de abandonar el centro cuando me percaté de que, una vez más, se habían equivocado al etiquetar un producto, habiéndome cobrado de más. De modo que acudí al mostrador de atención al cliente que se encuentra próximo a la entrada del supermercado. A mis espaldas un hombre de unos cincuenta años de edad, entrado en canas y en mangas de camisa, discutía con un joven que debía ser su hijo, rondaba la veintena y poseía una apariencia física muy similar.

Entre ellos hacían ademanes en lo que parecía una discusión. Hablaban en otro idioma, en aquel momento me pareció alemán, aunque la verdad para relatar la sucesión de hechos, es irrelevante.

Los rumores de la discusión llegaban a mis espaldas y su tono de voz se iba elevando progresivamente según avanzaban y a medida que sus diferencias parecían más insalvables.

Era primera hora de la mañana, apenas había una veintena de personas desperdigada a lo largo del ancho pasillo, por lo que la conversación de la pareja en un idioma extraño llamaba poco la atención, por el momento.

La encargada del departamento de atención al cliente tomó nota del error y me devolvió el dinero de manera inmediata. Me encontraba recogiendo el comprobante junto con las monedas cuando me percaté de que el tono de voz del padre y el supuesto hijo se había incrementado más de lo necesario. Cuando iban a incorporarse a las escaleras mecánicas de bajada al aparcamiento el padre viró en redondo y se dirigió al señor que se encuentra en la entrada del supermercado. Un hombre de mediana edad, de media melena engominada hacia atrás y con unas gafas metálicas. Se paró delante de él y preguntó sin preámbulos:

– ¿Es usted hombre o mujer?

Fue un pequeño momento en el que todo pareció paralizarse por un segundo. La encargada del departamento de atención al cliente se dio la vuelta mirándoles fijamente con estupefacción, mientras mis ojos observaban la misma escena completamente desencajados, tratando de confirmar con la mirada lo que mis oídos habían escuchado, en ese momento no sabía discernir si correctamente.

. ¿Perdón? – respondió el hombre apenas sin habla.

– Si es usted hombre o mujer – repitió de nuevo el hombre levantando la voz con impaciencia con un deje de disgusto, como si repetir la pregunta le ocasionara gran trastorno.

En esos momentos mis recuerdos se ralentizaron, llegando al punto del desconcierto por lo que, a ojos vista, resultaba más que evidente. La respuesta del trabajador fue un susurro que no llegó a resultar audible a mis oídos.

El hombre hizo un gesto complacido, afirmando de ese modo que ésa era la respuesta que esperaba oír, volvió al lado del joven, que suponía su hijo, y continuaron una discusión más calmada, como de una persona que acepta que ha perdido una apuesta mientras otra le da explicaciones en lo que se supone acertada visión.

No recuerdo si quedé paralizada o es sólo un efecto del recuerdo del momento en que mi mente trataba de asimilar lo sucedido hasta encontrar el sentido. Y lo hallé:

Es el calor, me digo. Esa maldita ola de calor que nos afecta en el estado de ánimo, que puede nublar la vista y la razón.

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