Harta de médicos

Amaneció un día soleado. Lleno de esperanza. Qué paz y relajación da salir a pasear al campo con el único sonido del trinar de los pájaros. Atrás quedaron los malos momentos del día anterior en que una funcionaria, doctora, me hizo llorar de rabia e impotencia. ¡Qué mal comienzo de día!

Había llegado puntual al Hospital, tenía a primera hora cita con la doctora, y después, con apenas media hora de diferencia, tenía cita para hacerme un electrocardiograma (EKG). Sobra decir, que los horarios no los escogí yo, sino que fueron los que me asignaron.

Me atendieron tarde, como era de preveer. Nada más entrar, tras los respectivos saludos, tomé asiento frente a dos doctoras, y del siguiente modo transcurrió mi breve visita:

Una de ellas rubia, de pelo lacio cortado en media melena, parecía llevar la voz cantante.

– ¿Tienes el informe original? -preguntó sin rodreos, señalando un papel que tenía delante del escritorio.

Entorné la mirada para echar una ojeada al escrito que tenía frente a ella. Parecía ser el volante que me remitía mi neurólogo a esa doctora. Apenas cuatro líneas en las que se indicaba edad, enfermedad y solicitud de atención por dicha doctora.

– Pues no, no lo he traído.

De hecho –me abstuve de decir, no creo que ni lo tenga.

– ¿Y las pegatinas?

Ups. Eso sí que ha sido un lapsus.

– Pero, ¿no te dijeron que tenías que traer los informes que tuvieras junto con las pegatinas? -recriminó con dureza.

Saqué los informes y los dejé a su alcance, a pesar de que ella ni los miró. Estaba más preocupada por reprochar mi olvido.

– Pues creo que con las prisas no las he cogido -dije rebuscando en la cartera, donde suelo tener siempre etiquetas para estos menesteres, mas no se dio el caso.

Para los que tengan la suerte de no haber pasado por un Hospital público, desconocerán el uso de las pegatinas. Francamente, yo tampoco tengo idea de su destino. Tan solo sé deciros que requieren esos pequeños adhesivos con los datos personales, que utilizan como si fueran sellos, para estamparlos en cada informe, prueba médica o, entregando al profesional que te asista.

– Pues no te voy a poder atender -me indica secamente, ante mi cara de perplejidad-. Tendrás que solicitar pegatinas -continúa con aire indiferente-. Mientras pasamos a la siguiente paciente.

– Perdona, pero tengo otra cita a las diez y media y no puedo estar esperando.

– ¿A quién se le ocurre pedir dos citas con media hora de intérvalo? -reprendió nuevamente con aspereza-. Los horarios son orientativos.

Me quedé muda. Pero, ¿quién se creía aquella mujer para hablarme de ese modo? Además, ¿se creía que me habían dado elección?

– Tendrás que venir otro día -replicó con una expresión un tanto desdeñosa, comenzando a recolocar los informes que tenía sobre el escritorio.

Ah, eso no.

– Perdona, pero vivo a 30km de aquí y he tenido que dejar a mi hijo con mis padres. No puedo bajar otro día. No me sobra el tiempo.

Creo que no le gustó mi respuesta, ella estaba empecinada en no atenderme. Total, cobraba igual. Ventajas de ser funcionario.

Su colega, con la cordura suficiente, tomó parte en la conversación:

– Bueno, creo que podemos atenderte ahora -indicó con voz suave, sin dejar de mirar de reojo a su compañera- hacer la consulta, y después vas a por las etiquetas y no las traes. No importará que llegues un poco tarde a la otra prueba.

Hubo un pequeño cruce de miradas esperando la reacción de la terca doctora, que finalmente, aceptó de mala gana. Posó su mirada nuevamente en el expediente que tenía delante de sus ojos.

– Al grano -comencé sin preámbulos, deseando salir de allí lo antes posible-. Si es necesario, os dejo los informes y me dáis en otro momento una respuesta -les dije con el fin de que se tomasen con calma el caso. Era la tercera ocasión que asistí a a este tipo de consulta, por mediación de un nuevo neurólogo. El tercer diagnóstico, y una mínima esperanza. Me aferraba a un clavo ardiendo.

– Uy no. Tenemos que rellenar una ficha -dijo, pareció vacilar en recoger el expediente-. Además, tienes que contestar a unas preguntas.

Respiré profundamente y acepté a responder el cuestionario que ya me sabía de memoria.

– ¿Tus padres están sanos? ¿Tienes hermanos o hermanas? ¿Están sanos? ¿Tus abuelos?…

– Soy la única de mi familia con la enfermedad -repliqué cansada.

– ¿Y tu marido?

Otro suspiro quedo. Tomé aire y comencé a relatar mi largo peregrinaje de médicos y los constantes y contradictorios diagnósticos. Me encontraba a la mitad de mi explicación cuando reparé en que la doctora estaba ensimismada en la pantalla del ordenador. No quise darle importancia hasta que escuché:

-Uy, qué bruta – dijo la doctora en voz alta entre risas-. Pero, ¡si lo he escrito con v!.

La miré de hito en hito. Estaba atónita. Ahora sí que me he había dejado de piedra. ¡No había prestado la más mínima atención a mis palabras!. Por si quedara alguna duda continuó:

– ¿Te lo puedes creer? -dijo con una sonrisa, al tiempo que daba un codazo a su compañera con el fin de que le fijara la mirada en la pantalla del ordenador, en el punto exacto en el que ésta estaba señalando con el índice. La otra doctora me miró durante un segundo, para seguidamente observar la inexcusable falta de ortografía.

¿Realmente esto está ocurriendo? ¿Está más preocupada por una falta de ortografía que por una falta de respeto?

– Bueno, pues te cuento -comenzó a hablar, una vez subsanado su error tipográfico, completamente ajena a mi cara de estupor. Tras lo cual, explicó el funcionamiento de la célula, la mitocondria y toda esa perorata que he escuchado una decena de veces. Pero, estoy tan asombrada que, en un primer momento, soy incapaz de interrumpirla. Cuando caigo en la cuenta, trato de intervenir en varias ocasiones, con el fin de abordar el motivo de mi visita. Mientras ella me hace gestos con la mano para que no la interrumpa y la escuche.

No pude evitarlo, era la ocasión oportuna para rebajarme y perder la educación y cortar ese monólogo cansino. Sin embargo, por más que traté de hacerle entender, a través de palabras sueltas y sin sentido, que había recibido valoraciones médicas contradictorias, referenciando las palabras exactas de los diagnósticos, la ególatra e irrespetuosa doctora parecía querer tener la única y última palabra. Repitió lo mismo una y otra vez, como una lección aprendida de memoria, un bucle inacabado que me exasperó sumamente. Me levanté bruscamente para simplemente decir:

– ¿Cuántas pegatinas necesitas?

– Cuatro.

Salí con prisas de la consulta, conteniendo el llanto y tratando de decirme una y otra vez que estaba susceptible por haber dormido mal. No porque mis órganos van degenarando paulatina e irremediablemente. O porque la doctora me había faltado al respeto. Ni porque los médicos no paran de cercenar mis esperanzas y marearme continuamente como si fuera una pelota de pin pon. Simplemnte, había dormido mal. Eso era todo. Así hoy, al ver el día despejado y sentir los rayos del sol, solo puedo pensar en no perder la esperanza y seguir soñando. Al fin y al cabo:

La esperanza es el sueño del hombre despierto”(Aristóteles).
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