Ser madre es muy duro

Supongo que algunos de vosotros lo viviréis en vuestras propias carnes. Para los que aún no habéis dado ese paso, no puedo más que advertiros. Ser madre es muy duro. Y no lo digo por las horas intempestivas a las que te levantas, o por lo hiperactivo que pueda ser el niño. (Éste es mi caso, y si me entra la locura de un segundo hijo erradicaré el chocolate durante el embarazo). Lo digo por anécdotas como la del otro día, en que me estaba estirando y descansando de un largo día cuando al entrelazar los dedos alrededor de la nuca me encontré restos de papilla. Sí, en la nuca. Y no soy la niña del exorcista, ni le doy la papilla pensando en hacer mates de espaldas. La verdad, no sé cómo llegó hasta allí. Pero después de un día agotador es cuando me doy cuenta de que necesito una ducha. Y un chubasquero.

Desde que se levanta el pajarito, en horario de gallito tempranero hasta que se acuesta entre lloros y lamentos, los días son de lo más moviditos. Una auténtica locura. Sí, ser madre no es fácil. Me pregunto cómo hay madres que salen impolutas de casa y, lo más sorprendente !puntuales!. Esa es una destreza que he incluído en la carta a los Reyes Magos.

Sin duda, no todos los días son igual de estresantes. Hay días en que es fantástico verle comer, rápido, sin distracciones, sin escupir, ni lanzarle la comida al perro como si acabara de romper una piñata. Todo es perfecto. Viento en popa. En esos escasos momentos no quepo en mi de gozo. Es todo tan idílico… Y los recuerdo nítidos, como anteayer en que estaba comiendo estupendamente hasta que, de pronto, se truncó mi suerte. Estaba a punto de meterle la cucharilla en la boca, cuando la cerró repentinamente, de golpe. Me miró antes de entrecerrar los ojos al tiempo que echó la cabeza hacia atrás en un movimiento mecánico inconfundible. Sin embargo, cuando quise darme cuenta era demasiado tarde.

¡Achis!.

Estornudó justo encima de la cucharilla.

¡Ahhh!

No hace falta que os diga que ni miré mi vestido negro, recién nevado. Sabía de sobra hasta dónde había llegado la comida. Notaba papilla por todo el cuerpo. En las cejas, las pestañas, la boca, las orejas… Sí, como un auténtico arbolito de Navidad. ¡Maldita sea!

Pero no hay nada para poner a prueba tu paciencia y tu destreza como vestirle o cambiarle el pañal. Por poner un ejemplo, es como tratar de ponerle un vestido a un caimán. Ni juguetes, ni canciones, ni ná de ná. La agilidad y la rapidez son virtudes, en las que siempre me quedo corta. Sin ir más lejos, ayer me tocó cambiar el pañal esquivando la porquería con una mano y evitando con la otra que se esparcieran los despojos. No fue fácil. Digamos, que sin entrar en detalles, fue una porquería, porque en ese crítico instante se acordó de que tiene su cosita por ahí abajo que siempre está tapadita, y para una vez que se le destapa, pues, cómo no, quería tocarlo. Pero no fue eso lo primero que alcanzó. Os podéis imaginar el qué… Entre mis grititos, esquivando su mano embadurnada, aguantando el pañal y cogiendo las toallitas y la crema al mismo tiempo, montamos un buen numerito. Mientras tanto, a él le hacía mucha gracia mi desasosiego así que trataba de tocar más para reír otro rato.

No digo cómo salimos, porque no es plato de buen gusto.

¿Qué os puedo decir?

Ser madre es muy duro

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