Un fantasma me persigue

Hay un fantasma que me persigue. Una sombra que acecha en la penumbra, esperando impaciente a que cometa nuevamente el grave error de la dejadez, el egoísmo y la estupidez, y de este modo, poder regodearse con mi sufrimiento.

El problema es que parece estar a punto de conseguirlo otra vez, como cuando en aquella tarde de invierno en que me encontraba estudiando en mi habitación, llamaron por teléfono y fue mi madre quien recibió la trágica noticia. Mi abuelo había fallecido de un ataque al corazón. El alarido aterrador de mi madre recorrió toda la casa hasta encontrar un hueco en un rincón de mi memoria. Ese grito angustiado permanecerá por siempre conmigo. 

Me costó aceptar la noticia. Intenté estudiar el resto de la tarde, pero fui incapaz de concentrarme. Al día siguiente me levanté con una sensación extraña. Algo terrible había sucedido. Ya no volvería a ver a mi abuelo. Pero era incapaz de llorar.

Quizá suene oportunista, o incluso lo sea, pero fue en el colegio, justo en el momento en que me sacaron a dar la lección, cuando repentinamente, sin ni siquiera pensarlo, rompí a llorar. Solo podía recordar que la última vez que había visto a mi abuelo no me despedí de él. Me había hecho la remolona hasta evitarlo. El motivo, tonto y simple. Me encontraba muy incómoda en su presencia, en gran parte por su pronunciada pérdida de audición.

Sí, fui una niña estúpida, egoísta y caprichosa que no quiso despedirse. En ese momento era demasiado tarde. Me olvidé de la lección, de la clase, y del mundo exterior. Estaba arrepentida. Lloré desconsolada ante la mirada compasiva de la maestra y el desconcierto de mis compañeros de clase a los que no les había comentado nada.

Aquel día me hice una promesa:

Jamás me iría sin despedirme de un ser querido“.

Pero, para mi desgracia, volvió a suceder.

Una década mas tarde acudí al hospital a visitar a mi tía recién hospitalizada. Era un sábado a media tarde cuando acudí a verla antes de salir de fiesta. Fui sin aviso previo, pensando que se alegraría de recibir la inesperada visita.

La encontré incorporada en la cama de una habitación compartida. Miraba eclipsada a los niños que correteaban alrededor de la enferma que ocupaba la cama contigua. Mi tía estaba tan entretenida, que tardó en percatarse de mi presencia. Me extrañó que nadie estuviera allí con ella. Pero mi mayor sorpresa fue su reacción al verme.

– ¿Qué haces aquí?-me espetó.

– He venido a verte- le dije con una sonrisa-.

– No quiero que estés aquí -contestó secamente-. Vete.

– Pero…

– Ya vendrás a visitarme a casa -respondió airada, señalándome la puerta-. Vete.

Esas fueron las últimas palabras que intercambiamos. Salí de la habitación rápidamente, confundida, dolida, cabreada y furiosa. Muy furiosa.

¿Por qué me echaba? ¡Encima que iba a visitarla cuando nadie más lo hacía!

Reconozco que la niña egoísta volvió a mí aquella tarde en que mi tía me echó de la habitación del hospital con cajas destempladas. No la volví a ver. Apenas unos días más tarde falleció en la la UCI, tras una fallida intervención en la que al abrirla, para extirparle un tumor, comprobaron que no había nada que hacer. El cáncer se había cebado con sus órganos internos desde el estómago  hasta el esófago. Mi tía tenía perdida la batalla de antemano.

Cuando me enteré de la triste noticia me cabreé conmigo misma por haberme ido de aquella manera. Me volví a prometer que no sucedería de nuevo. Pero, a estas alturas la sombra de mis errores acecha incansable, y mi promesa se tambalea. Temo que no pueda cumplirla.

El pasado fin de semana estuvimos de celebración familiar en casa de mis tios, donde se encuentra mi prima, postrada en una cama desde hace quince años. Sin embargo, fue la primera vez en todo este tiempo en que no me acerqué a saludarla como de costumbre. Podría alegar que había muchos familiares con los que conversar, o que estaba ocupada pendiente de cómo pasaban a mi hijo de mano en mano como un juguete, o que no se iba a dar cuenta porque está en coma. Pero no hay justificación. No lo hice por dejadez, pues siempre hay tiempo para eso. No puedo dejarme llevar por excusas gratuitas. No a estas alturas, tras mantener la débil esperanza de que “despertará” y de que todo volverá a ser como siempre. Supongo que sigo engañándome. Hoy más que nunca.

Mi prima lleva tres días en el hospital con una aguda neumonía. No voy a decir que sea la primera, ni que no haya tenido otros muchos achaques durante estos largos años en que está en coma. Pero, sí es la primera vez que no he estado al lado de su cama para saludarla. Y me remuerde la conciencia por no haberlo hecho. Ese es mi tormento. Ni un saludo, ni una despedida.

Y tengo miedo. Sí, será egoísmo o estupidez, pero estoy atormentada por ese fantasma que me hace sombra, que quiere regodearse con cada estúpido fallo que cometo. Esa sombra que espera impaciente deseando que incumpla mi promesa otra vez más.

 “Me lamento de no haber estado a la altura,

me atormenta mi descuido,

quizá solo sea mi orgullo herido,

o no sea más que una locura,

este dolor que siento muy dentro.

Pero me carcome el sufrimiento,

que se retuerce y me tortura,

por no haberme despedido

de ti, en su momento”.

“Lo siento”.

Jamás déis la espalda sin decir adiós con una sonrisa a un ser querido.

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