In the Streets of San Francisco

El verano pasado viajé al país de las hamburguesas, los perritos calientes y los donuts. Exactamente fue en la costa oeste, California. En concreto, en la ciudad donde se encuentra el Golden Gate, y la prisión más famosa del mundo, Alcatraz. Allí descubrí una ciudad fría y gris en la que el frío invernal azota en pleno verano con tanta intensidad, que resulta ser un chollo para la industria textil que se aprovecha de la inocencia de los turistas, ansiosos del sol californiano, que acaban uniformados con una sudadera, y tapados hasta las cejas como el famoso Kenny de South Park.

san-francisco-skylineEs pues que, San Francisco resultó ser una ciudad muy diferente de como yo me la había imaginado. Siendo muy fácil pasar de una lujosa manzana de edificios, con hoteles como el Hilton y, andando apenas unos pasos, llegar hasta otra más comercial (Market Street). Desde ésta, a otra con menos reputación, apenas había que dar un par de pasos más. En éste última manzana nos alojamos en un hotel que, a pesar de ser bastante céntrico, se encontraba en el límite de una zona algo problemática.

Sin embargo, la ilusión de conocer un lugar nuevo y descubrir una ciudad te obliga a no fijarte en esos pequeños detalles, hasta que es irremediable. No fue necesario más que una noche para descubrir que los ruidos de las peleas nocturnas de la calle se oyen con total nitidez, a pesar de encontrarnos alojados en una cuarta planta.

No obstante, los americanos dejan preparados a sus huéspedes con dos objetos básicos e imprescindibles en la mesita de noche. El primero de estos objetos son unos tapones para los oídos, con el fin de amortiguar esos molestos ruidos procedentes de enfrentamientos a altas horas de la madrugada. El segundo está destinado para aquellos que quieran apaciguar su alma. Esto no es otra cosa mas que una Biblia.

La anécdota que sucedió en esta ciudad es una de las más curiosas que he vivido. Pero no tuvo lugar hasta la mañana siguiente. Al levantarnos me dispuse a disfrutar de ese desayuno americano basado en el tanque de café como el que parecen disfrutar los personajes de las películas estadounidenses, mientras mi pareja se quedaba fuera del establecimiento fumando el primer cigarrito de la mañana.

Entré deleitándome c0n el aroma de las diferentes variedades de cafés que se encontraban dispuestos sobre los hornillos. Cogí uno de esos vasos de cartón propio de las películas americanas, y me decanté por uno con sabor a vainilla, manchado de ese líquido elemento que ellos dicen llamar leche.

Al acercarme al mostrador observé una enorme gama de diferentes tipos de donuts, que me dejaron pegada al cristal, y prácticamente babeando ante el sinfín de variedades que disponen. He de reconocer que ante la cercanía del dulce me desato cual Hanzel y Gretel frente a la Casita de Chocolate.

Tras la difícil decisión, me decanté por un par que comí con voracidad, no tardando mucho en salir.

En la puerta me encontré con mi pareja con su cara demudada de sorpresa.

– No te vas a creer lo que me ha pasado -dijo aturdido.

– ¿El qué? -pregunté distraída, dando pequeños sorbos al café.

Apenas había estado dentro de unos minutos. ¿Qué le podía haber pasado?

El sol lucía en el cielo, el frío intenso provocaba calentar mis manos agarrando con fuerza el vaso de café.

– Ha venido un tipo enorme y se ha puesto a hablar conmigo -continuó.

Instintivamente me fijé a nuestro alrededor, no había nadie. Me volví hacia él emitiendo una pequeña mueca de curiosidad. Un americano hablándole en inglés podía provocar perfectamente su cara de aturdimiento.

– ¿Y?

– No le he entendido nada -dijo, ante lo cual asentí imaginándome la escena. No creía que yo fuese capaz de entender a un americano hablando rápido en su lengua materna. Mucho menos a tan temprana hora de la mañana, en que el azúcar aún no ha llegado alcanzar el torrente sanguíneo.

-Pero no cesaba de hacer aspavientos con las manos -añadió, manteniendo su cara de estupor-. Y comenzó a señalar hacia abajo.

– ¿Y qué? -dije sin entender adónde quería llegar, dando otro sorbo a mi café caliente.

– Que cuando miré me estaba enseñando la tranca.

– ¿La tranca? -repetí, algo desconcertada.

– Sí, ya sabes -dijo incómodo por repetir lo evidente-,… “la tranca“.

Ese fue uno de esos momentos en que se te enciende la bombilla, y eres consciente del enorme atractivo de tu pareja. Pero, en vez de enorgullecerte en aquellos momentos lo que hice fue romper a reír con ganas. El café poco más se me atraganta, y me sale por la nariz al percatarme del desbordante sex-appeal, y las proposiciones indecentes que le hacen desde primera hora de la mañana.

– ¿Qué hiciste? -pregunté con curiosidad entre risas y lágrimas, y a punto estuve de atragantarme de nuevo.

– ¿Qué quieres que hiciera? -respondió molesto-. Le grité: “Tira, no sea que te reviente!!! -dijo alzando el brazo e imitando el gesto que había realizado momentos antes.

Entender, lo debió de entender, a pesar de no hablar en su lengua materna, pues el hombre había desaparecido de inmediato. Alrededor nuestro no había ni un alma. Quedó claro que, como dijo Paulo Coelho:

Existe un lenguaje que va más allá de las palabras.

No he cesado de reír recordando la escena. Por supuesto que las bromas son fáciles ante una anécdota de semejante calibre, y cualquier ocasión es buena para sacar a colación cualquier tipo de burla aprovechando tan surrealista situación.

De modo que, si estáis pensando en visitar esta ciudad, estad alerta, pues esto es lo que te puede pasar If you´re going to San Francisco
Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Anécdotas divertidas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s