Inocente curiosidad

Las apabullantes y curiosas preguntas de los niños me desconciertan. Nunca sabes por dónde arremetirán.

Hace un par de días me encontraba comprando ropita de bebé, en una tienda de una conocida marca de ropa infantil, cuando una niña de unos cinco años de edad se acercó hasta la caja, donde me encontraba en esos momentos.

La pequeña apenas abultaba un metro de estatura, y no llegaba hasta el mostrador, ni apoyándose en las punteras de sus zapatos. Llevaba asida de una mano una diadema de color fucsia, recubierta con diminutos puntos de purpurina, que la hacían brillar con cada movimiento que realizaba entre sus dedos. La alzó en alto al tiempo que estiraba su menudo cuello cuanto podía para poder ser observada por la dependienta, y obviando todo tipo de reglas de cortesía, interrumpió su labor para preguntarle:

– ¿Cuánto cuesta?

La joven dependienta la observó con sonrisa tierna antes de responder:

– Son dos euros.

La pequeña, miró por un instante la diadema, parecía sopesar si era proporcionado el coste. No tardó en devolver la mirada hacia la empleada para seguidamente, preguntar:

 – ¿Y eso es caro?

Tanto la dependienta como yo, sonreímos ante el mero hecho de que a tan temprana edad se comience a pensar en el valor de las cosas, y el poder del dinero.

– No, no es caro -repuso sin dejar de sonreír.

La atención de la pequeña se desvió, por un momento, de su bien más preciado hasta entonces, para observar cómo la empleada se movía casi mecánicamente, quitando las alarmas de la ropita de bebé para, acto seguido, doblarla e introducirla en la pertinente bolsa.

La pequeña observaba cada paso sin apenas pestañear.

– ¿Para quién es? -arremetió de nuevo, esta vez señalando el body que sostenía entre las manos.

– No sé para quién es.

No pareció estar muy conforme con la respuesta, pues no tardó en preguntar:

– ¿Tienes hijos?

– No.

Aquella niña disparaba preguntas indiscretas propias de la edad, como si fuera una metralleta rebosante de munición. Parecía incansable.

– Ah -contestó poco convencida-. Entonces, ¿para quién es?

– Pues no lo sé.

A esas alturas ya me estaba planteando que aquella niña tendría un futuro prometedor realizando interrogatorios a todo tipo de sospechosos de haber cometido cualquier tipo de delito.

– ¿Tienes hijos? -la oí insistir, otra vez mientras observaba con detalle cómo la cajera pasaba el lector del código de barras sobre el último body de bebé.

Aquella conversación parecía estar convirtiéndose en una pequeña espiral interminable.

– No -respondió la dependienta, nuevamente, sin alterar el tono suave de su voz-, ya te he dicho que no tengo hijos.

– No, se lo pregunto a ella -replicó la niña.

Aunque no perdía el hilo de la conversación, estaba más pendiente de cada uno de los movimientos de la dependienta, que de observar a la pequeña. Por lo que, tardé un par de segundos en percatarme del silencio reinante. Cuando me volví hacia la pequeña, ella me observaba impaciente, con los ojos muy abiertos, a la espera de una respuesta.

– No -dije escuetamente, para acto seguido, volverme hacia la cajera, y pagar la compra.

– ¿Por qué no?

– Porque es pronto -dije, dudando en descubrirme la barriga, y explicarle que aún faltaban unos meses para el gran día.

– ¿Por qué? -insistió de nuevo.

Sus preguntas se estaban convirtiendo en un tema algo embarazoso. No quería complicarme la vida, y mucho menos tener que explicar el curso del embarazo a aquella niña. ¿Y si ella comenzaba con preguntas acerca de embarazos, bebés, cigüeñas y demás?

No. No podía arriesgarme a introducirme en un terreno farragoso. Así que, me decanté por lo más sencillo, continuar su juego. De modo que repetí la misma respuesta.

– Porque es pronto -dije, acariciándole suavemente la cabeza.

La pequeña no parecía tenerlas todas consigo, me contemplaba esperando más información. Pero, rápidamente me volví para recoger el recibo y la bolsa de la compra.

La pequeña suspiró resignada.

– Me voy con mi madre -replicó antes de darse media vuelta y desaparecer entre anaqueles repletos de ropa infantil.

Aunque realmente sonó a:

– Me aburrís, y no saco nada en claro. Así que, me voy.

Apenas un par de minutos más tarde salí de la tienda, suspirando aliviada de haber sobrevivido al estricto interrogatorio de la pequeña. Si bien, estaba sorprendida por el espíritu curioso de los niños, y ese tesón infinito basado en dos palabras mágicas

¿Por qué?

En el camino de vuelta a casa, una idea no cesaba de rondar por mi cabeza:

¿Cómo se comportaría cualquiera de nuestros políticos ante las insidiosas e inocentes preguntas de unos cuantos pequeñajos? ¿Demostrarían un alarde de paciencia infinita? ¿Serían convincentes en sus afirmaciones o realmente serían puestos en un buen aprieto? Yo me decanto por esto último. Seguramente, claudicarían a la primera de cambio. Como diría Ralph Waldo Emerson:

“Jamás ha habido un niño tan adorable que la madre no quiera poner a dormir”.
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