En el Cielo una Estrella Más

Aún a veces, cuando sueña, se apoderan de ella los temores del pasado. Sus pesadillas están cargadas de oscuros y dolorosos recuerdos. Su pequeño cuerpo se estremece presa del pánico, mientras aúlla entre convulsiones lastimeras.

– Es hora de despertar -le dice Oleg suavemente, al tiempo que le acaricia el lomo.

Oleg es su entrenador, se ocupa de ella. La cuida y la alimenta. Le observa agradecida de que le haya sacado de sus ensoñaciones. De los recuerdos de aquellos aciagos días en que vagaba débil, temblorosa y aterida por las oscuras y frías calles moscovitas, rebuscando restos de comida entre los cubos de basura, y disputándose con otros canes de mayor tamaño esos pequeños manjares hallados. Ahora está a salvo. Ha sobrevivido.

Estira su pequeño cuerpo con parsimonia mediante un pequeño ritual. Primero las patitas delanteras mientras observa con mirada lánguida a su nuevo dueño. Luego continúa con las patitas traseras. Se contonea y restriega su pellejo contra su pierna hasta lograr conseguir toda su atención. Oleg le devuelve el saludo con un gesto cariñoso sobre el lomo.

– Es hora de trabajar -le dice finalmente. Se pone en pie y con un rápido ademán le insta a moverse.

Ella le sigue sumisa, disfrutando cada momento que pasa recibiendo mimos y atenciones. A cambio, ella acata cada una de sus instrucciones, aunque no las entienda. Se conforma con verle a él sonreír al comprobar su resistencia. Pero, no acaba de entender por qué tiene tanto interés en meterle en ese reducido cubículo que tanto le aprieta las extremidades traseras, produciéndole una laceración paralizante. Además, está  esa máquina que no deja de dar vueltas y más vueltas sin control. Pero lo peor de todo es escuchar ese constante y doloroso zumbido en sus oídos.

Si al menos parasen ese horrible ruido que le martillea la cabeza…

 

 

El 3 de noviembre de 1957 fue enviado al espacio el primer animal vivo, una perrita llamada Laika, que fue sacada de las calles moscovitas y entrenada, por Oleg Gazenko, para viajar al espacio a bordo de la nave soviética el Sputnik 2.

El satélite se construyó en apenas cuatro semanas, a petición de Nikita Jrushchov, con el fin de conmemorar el cuadragésimo aniversario de la revolución bolchevique.

Laika tuvo que lidiar con un entrenamiento duro que supuso estar confinada en compartimentos cada vez menores, por espacios de hasta veinte días. En el lanzamiento falló la sección que permitía el sistema de control térmico, llegando a alcanzar la temperatura interior hasta 40ºC.

Las prisas en la fabricación supusieron que el destino de Laika estuviera condenado desde el mismo instante en que se subió a la nave espacial. Su viaje era un vuelo sin retorno.

La difusión a nivel mundial de este hecho histórico hizo no sólo que la perrita Laika se hiciera famosa en el mundo entero por ser el primer animal vivo enviado al espacio, sino que muchos ansiaban su vuelta. Lo cierto es que, que desde el día en que partió “…en la tierra hay una perra menos, y en el cielo una estrella más” (Mecano).

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