Vacaciones en la playa

Las vacaciones siempre saben a poco. Máxime cuando plantamos el pie de nuevo en casa. Pero, ¿cómo son nuestras vacaciones? ¿Acaso son tal y como nos las esperábamos? No creo que ni se parezcan.

¿Cuántas veces estando en el trabajo has soñado con notar el suave tacto de una fina y blanca arena de la playa bajo tus pies? Muchas, ¿no? Salvo que seas socorrista o trabajes en un chiringuito a pie de playa.

Ayer mismo estaba en la orilla del mar esperando que el agua salada mojase mis pies desnudos. 

Seguramente, os estéis deleitando con la idea, imaginando la escena con infinidad de pequeños detalles que incluyen el olor del agua salada. Pero, a pesar de este pequeño recuerdo del mar, mis vacaciones no han sido como me lo había imaginado.

Llegar a la playa fue un poco decepcionante. Pasear por la orilla del mar resultó ser tan agotador, como tratar de avanzar a través de aguas movedizas inundadas de innumerables piedrecitas. Resulta que sin saberlo, acabé en el destino preferido de faquires de todo el mundo.

Pero era el primer día de playa, y no tengo por norma rendirme fácilmente, por lo que, tras desestimar los largos paseos por la playa, extendí mi toalla sobre la arena, donde las piedras eran de menor tamaño. Me aposenté de manera que pudiera deslizar los dedos de los pies bajo la arenisca.

Ahí sentada observaba encantada el vaivén hipnótico de las olas, calibrando el alcance de las mismas, mientras recibía los cálidos rayos de sol sobre mi piel, y la brisa marina ondeaba el pelo con suaves caricias. Os lo imagináis, ¿verdad?

Pues en esta idílica imagen me encontraba disfrutando de mi primer día de vacaciones cuando… ¡horror!

Por mi derecha apareció un niño de apenas seis años que, corría por la playa como alma que lleva el diablo, escabulléndose de sus abuelos. Se acercó un poco más hacia la orilla, escasos metros por delante de mí. Y, ante de mis narices, y mi cara de asombro y espanto, sacó el pajarito y enfocó a la ola que rompía en la playa en ese momento, tratando de alcanzarla, mientras su abuela le observaba con mirada tierna.

¿Qué se puede hacer en esos casos?

Lo primero es alejarse cuanto se pueda del agua, y del niño en cuestión.

Me pregunto ¿Para qué habrán puesto unos servicios públicos a escasos diez metros de donde nos encontramos?

En ese instante se acabó mi día de playa. Se me quitaron de golpe y porrazo las ganas de zambullirme en el agua. Así que esperé al día siguiente para iniciar el mismo proceso. Eso sí, observando con atención a mi alrededor para evitar los niños. Aunque me temo que fue tarea inútil, debido al baby boom que descubrí este verano.

De modo que, en mi segundo día de vacaciones, antes de que lleguase la abalancha de niños, me adentré en el agua fría del mar, que para estar en el sur y ser verano, estaba realmente fresca.

Con un par de brazadas me sentía libre como un pececillo en su hábitat, pero con lo que estaba disfrutando de veras, era saltando y esquivando olas como si tuviera diez años otra vez. Pero, ¡Horror!

¿Qué es eso que me ha rozado el pie?

Suave y ligero se deslizó rápidamente por mi tobillo derecho como un alga de mar.

¡Cómo pica!

Salgo cojeando hasta la toalla sin dejar de rascarme. Pica sobremanera.

¿Me han pegado la varicela o es que hay ortigas en el mar?

Alrededor del tobillo tres puntos rojos. No es nada. Sin embargo, no puedo dejar de rascarme el pie con frenesí.

¡Maldita sea! Se acabó el día de playa.

Ya quedan menos días de vacaciones, así que me resisto una vez más a abandonar la playa.

Acudo al día siguiente, a la misma hora, a extender mi toalla sobre la grava. Esta vez me quedo en la orilla donde pueda ver lo que traen las olas marinas antes de lanzarme al agua.

El calor me empuja mas allá de la orilla, y avanzo con pasos inseguros, sin dejar de observar con cautela el suelo, y cada piedra que piso. Apenas he metido las rodillas me quedo observando alrededor. No diviso niños, pero sí una pareja dentro del mar, a escasos metros de distancia.

¡Qué romántico! ¡Cómo se abrazan!.

¿Qué están haciendo? ¿Es lo que creo que es?

Sí, le está explotando una espinilla en el cuello.

Mi mente deriva por semejante escena imaginando un asqueroso y purulento grano que me impide dar dos pasos hacia delante. Me provoca salir corriendo de vuelta nuevamente hacia la toalla.

Esperaré a mañana, me digo a mí misma. Aún hay tiempo.

En el cuarto día, habiendo superado la mayor parte de mis cortas vacaciones, me encuentro con bandera amarilla. Los murmullos de turistas se suceden a lo largo de la orilla, van tomando fuerza hasta ser casi una única voz gritando con fuerza:

– Han izado la bandera debido a la plaga de medusas.

Otro día sin agua.

Reniego a huir de la playa, y me quedo tumbada al sol. Apenas cierro los ojos unos minutos, cuando unos gritos acalorados se escuchan a mis espaldas.

– Uff, por poco.

Me vuelvo algo confusa para descubrir a un veraneante alzando una sombrilla en un brazo como si fuera la estatua de la Libertad.

– ¿De quién es? -pregunta el hombre, sonriendo lleno de orgullo-. La he pillado al vuelo.

Ahora sí que estoy asustada. En el agua he de esquivar medusas, granos purulentos, y meadas varias. Mientras que tumbada en la arena hay que estar pendiente de las sombrillas que se abalanzan sobre los bañistas desprevenidos.

Me lo he pensado mejor. Vuelvo a casa corriendo.

Hogar dulce hogar. Sin embargo, no puedo dejar de pensar…

¿Dónde será mi próximo destino de vacaciones?

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